Nací en Brooklyn en 1979. Gabriela Fernandez Murcia y Raul Esteban Torres, mis padres, eran de Chiapas, México, pero vivían en Sunset Park, Brooklyn. Mi padre murió en un accidente de construcción en Manhattan en 1983, por lo que unos meses despues mi madre, mi hermana mayor y yo nos mudamos a un pequeño departamento en el mismo barrio y este departamento es lo que me recuerda mi juventud, empapado con el olor a mole, el mordisco de jalapeños, Maná y U2 emanando del cuarto de Johana, mi hermana.
Fue la idea de mi madre de criar a mi hermana como una mexicana, un repertorio de la cultura de nuestra familia, y yo crecer con el ingles, para encargarme de nuestra fortuna. Mi madre trabajaba doce horas al día en una fábrica de textiles para enviarme a una escuela privada en Park Slope por lo que me exigió convertirme en doctor. Yo por mi parte hubiera preferido que ella se quedara en casa contándome los cuentos de hadas que le contaba a mi hermana a la hora de dormir. Pero en la escuela, y mientras mi hermana y mi madre trabajaban en la misma fabrica, yo obtenía las mejores notas en la clase, y en 1998 gané una beca para estudiar medicina en la Universidad de Colombia, en Manhattan.
Al año siguiente mi madre falleció de cáncer. No hubo nada que pude hacer para salvarla.
Viví en la soledad, me hundí en mis estudios y casi nunca dormía. El primer año tuve pocos amigos, pero para el segundo año ya había terminado con mis amistades por completo. Este mismo año mi hermana se casó con un mexicano de vacaciones y regresó con él a México. Hablábamos por teléfono media hora cada domingo, siendo este mi único contacto humano. Nunca salí de la casa, y por eso mi herencia continuaba intacta.
En esta época, mi único placer era esconderme en la biblioteca publica, pero un día durante mis exámenes finales en mi ultimo semestre, camine por 125th Street, y al cabo de media hora llegue a Spanish Harlem.
Siempre supe que este lugar existió, pero hasta aquel momento no me di cuenta que siempre lo evité.
La calle estaba repleta de gente: paseando, yendo de compras, vendiendo tortas y tacos, postres, flores, zapatos y CDs, los viejos jugando domino y los pandilleros pasando el tiempo en las esquinas. Las mujeres con ojos color carbón, rodeados de chispas, usando jeans ajustados y tacones. Había música por todos lados: de las bodegas, los coches, las ventanas encima de la calle. Los olores eran como los de la casa de mi madre: cebollas, carne de res, tortilla de maíz.
Cuando alguien me preguntó la hora, respondí en español, escuchando en el fondo de mi mente las conversaciones entre mi madre y mi hermana emanando de la cocina con un eco; las palabras eran difíciles de distinguir, pero sentí que estaban presentes en mi cerebro y en mi sangre.
En las semanas siguientes, durante la madrugada, iba al barrio latino, solo, sin hablar con alguien pero escuchando la música, mirando a la gente, y tratando de sentir el mundo que me rodeaba. Saqué buenas notas en mis exámenes, y me aceptaron en los mejores programas de medicina en los Estados Unidos.
En cambio yo decidí viajar a México.
Johana y su esposo me recogieron en el aeropuerto de San Cristobal un día en junio. Miguel no habló ni una palabra en ingles, y yo encontré rápidamente que mi castellano, entre comillas, no me iba a servir. En el coche él y yo nos quedemos riendo incómodamente mientras Johana me contó algo de su vida en un ingles torpe. Miguel, después de ocho años trabajando como diseñador gráfico, estuvo a punto de abrir una galería de arte para vender sus cuadros y los de sus amigos pintores. Su hijo iba a cumplir 4 años la semana pasada y mi hermana tuvo la idea comprarle un cachorro.
Su casita tenía un patio en el centro como una bocanada del aire abierto en el centro de sus vidas. Los pisos eran baldosados y las paredes blancas con naranja pálido, con lo que se atrapaba y se reflejaba la luz del sol hasta llegue a pensar que vivian entre las nubes. En el jardín había un árbol de naranjas y uno de aguacates. Alli me acosté en el césped, sintiéndome finalmente despierto bajo un cielo azul.
No entendí ni la mitad de las oraciones de Esteban, el hijo de Miguel y mi hermana. Mi sobrino. Él pronunció con alta gravedad sobre los méritos de sus juguetes y peluches, las costumbres de su familia, y sus comidas favoritas. Yo intenté a aprender de él, pero cuando me preguntaba “no es cierto?”, como era de costumbre, yo siempre le dije que si. Por eso, y porque yo dibujaba figuras humanas que el podia colorear como los disfraces de superheroes, nos caímos bien.
Esa primera noche fuimos a una taquería por la esquina. Miguel y Johana eran amigos con los cocineros y meseros. Cuando me preguntaron algo a mi y yo respondí con mi nombre, todo el mundo se murio de risa. Mi hermana tuvo que explicar que yo era estadounidense, y yo me puse rojo.
En Nueva York, yo era mexicano. No tuve mucho para distinguirme, para darme un lugar en el mundo, pero tuve eso. Era por eso que había llegado a México: para encontrar un hogar. Pero allá, en aquel restaurante, escuché a los cocineros llamarme gringo, a pesar de que me veía como mexicano, me sentí mexicano.
En las semanas siguientes pasábamos los fines de semanas con excursiones turísticas. Fuimos a las cascadas de Agua Azul y Misol-ha, los lagos de Montebello, el cañón del Sumidero, y a las ruinas zapotecas de Palenque. Comimos en restaurantes, en casa, y en las casas de la familia de Miguel. Poco a poco mejoré mi español. Esteban recibió su cachorro, un golden retriever con una pata mas dorada que las otras. Por eso le pusieron el nombre Maradona.
Un día me desperté y vi a Esteban sentado en el piso al lado de mi cama. “Hola tío,” me dijo. “¿Quieres irte caminando conmigo?” Le dije que si, salí de la cama, puse mis jeans, y dimos varias vueltas por el barrio.
Las paredes de San Cristobal estaban pintadas de colores brillantes, las puertas estaban abriendo por la mañana, viejitas estaban barriendo la vereda.
Esteban me contó de un muchacho vecino quien no dejaba de llamarle el negrito. “No me gusta ese nombre,” él me dijo. “Quiero ser un gringo como tú.”
“Es chistoso,” le dije a él. “Yo quiero ser un mexicano como tú.”
“Los mexicanos son basura,” él me dijo en su voz adulto.
“¿Quien te dijo eso?”
“Mi papá.”
“¿Tu papá te dijo que los mexicanos son basura?”
“Pues, lo escuché.”
“Pues no es cierto,” le dije. “Ser un gringo es basura. Tienes que trabajar todo el día sin parar. Tienes que vivir lejos de tu mamá y de tu papá, y pensar todo el tiempo en el dinero, y actuar como si no tuvieras sentimientos. No hay música en las plazas, noy hay fútbol, ni tortilla, y nadie le gusta bailar. Es mucho mejor ser mexicano, te lo prometo.”
“¿De veras?” Él puso una cara pensativa. Después de una cuadra me tomó la mano y seguimos caminando por la mañana.
En algún momento de la semana siguiente me empecé a sentir como si mi bienvenida fuera quedándose más y mas. Tal vez no era así, y mi sensibilidad de gringo me tenía confundido, pero comencé a buscar una excusa para ausentarme unas semanas. Les dije que me iba a ir a Veracruz y entonces a Oaxaca para conocer más del país y sumergirme en el lenguaje, y que regresaría en Septiembre. Miguel y, sobretodo, Esteban, pidió que me quedara, pero Johana pareció entender.
En la terminal de camiones ella me dijo, en ingles para que yo pudiera entender, “Cuando mama falleció y regresé aquí, Miguel me llevó con un chaman en Catemaco, un pueblo en un lago que queda entre acá y Veracruz, y me hizo una limpieza. De verdad, no me sentía mucho mejor, pero sí cambió algo dentro de mi. Antes de eso no podía ni disfrutar la comida, no podía dormir. Y después...pues, no sé. Algo pasó. Empecé a mejorar. Se nota que algo está pasando contigo, hermano. Puedo ver que no estás en paz. Quizás una limpieza te podría ayudar.” Le dije que tal vez lo probaría, y me subí al bus.
Llegué, tomé una habitación privada cerca del puerto, y pasé unos días en las playas de Veracruz y Boca del Río y unas noches tomando en el zócalo, intentando quitarme la timidez natural e intentando hablar con la gente. Pero me cansé de este ciclo, y sin querer me encontré un dia al bordo de un pollero a Catemaco.
En el camino pasamos unas horas en el tráfico. El pollero era pequeño, olía terrible, y de verdad habían campesinos llevando pollos en jaulas, en canastas, y atados el uno al otro con cuerdas. Me quedé allí, con calor y frustrado, pensando en los buses de Nueva York, donde sí hay trafico, pero también hay aire acondicionado y desodorante, y donde los pollos son transportados en pedazos, en plástico y refrigerados.
Entonces llegamos a la escena de un accidente. Había un pollero que estaba tumbado en un canal, completamente quemado. Los heridos se sentaban a lado de la calle, toallas manchadas de sangre presionadas en sus piernas, brazos, cabezas, frentes, ojos y bocas. Alrededor del camión había sabanas que cubrían cuerpos grandes y pequeños. Una voz interior me pedía ir a ayudarles.
Bajé del camión con una familia veracruzana que me ayudó a encontrar la parada, y todos juntos fuimos caminando por el lago hasta el pueblo, los niños riéndose de un mexicano que no podía hablar español. Cuando me invitaron a cenar me negué, diciéndoles que tuve que esperar un amigo, y me quedé escondido en mi habitación.
El próximo día paseaba por el lago, y comí sólo en un restaurante de mariscos. Me recomendaron un ceviche de caracoles y un filete de pescado que se llama mojarra. No sabía lo que era llamado en ingles, o si aun lo tenían en nueva york.
Después del almuerzo, y sin intención, pasé por un anuncio de un brujo, e hice una cita para esa noche. En el momento no pensé en regresar, pero después de cenar en el mismo restaurante me encontré otra vez frente a la casa del brujo.
El tenía tan solo unos cuarenta años. Usaba jeans, sin camisa, y un collar hecho de hierbas secas. Tenia una panza. Me hizo unas preguntas simples mientras preparaba un manojo de hierbas como lo que usaba, y después me pidió quitarme los zapatos y calcetines para quedarme parado con mis piernas separadas y mis brazos abiertos. Empezó a sacudir el manojo por mis brazos y piernas, mi pecho y mi espalda, lanzando las hierbas como si fuera borrando polvo de mis miembros, mientras hacia suspiros explosivos con su boca. Prendió un cigarrillo, un Marlboro rojo, sopló en el manojo una nube de humo y repitió el proceso. Entonces me pidió cien pesos.
Qué estafa! No sentí nada. Seguro, mis brazos se sentían un poco mas ligeros, y todavía podia sentir la tierra bajo mis pies. Quizás mis pensamientos estaban un poco mas fluidos. Pero el brujo, entre comillas, era en mi opinión nada mas que un curandero.
Después de un rato, sentí que la limpieza no funcionó porque yo no fui capaz de creerla, y me di cuenta en un instante que mis curaciones siempre vendrían en la forma de una pastilla, que mis creencias serían reservadas por lo que había leído en mis libros. Que sí, yo era un gringo. Entendí completamente que nunca sería capaz de convertirme en mexicano, y que eso no tuvo nada que ver con amar a México, ni con explorar mis raíces. Sin querer, sin saber, yo era gringo, y yo era doctor.
Yo era yo por la primera vez en mi vida.
En Oaxaca un mes después, trabajando como lavaplatos, encontré a una sueca, y ahora vivimos en Estocolmo. Terminé mis estudios y mi residencia, ahora soy un cirujano en el hospital de la Universidad de Karolinska. Mi esposa y yo tenemos un hijo, Stephen, y cada año pasamos dos semanas con mi familia en México, con una escala en Nueva York.
Wednesday, January 27, 2010
Subscribe to:
Posts (Atom)
